Hacia una Ética de la Proximidad (II)

Ama et quod vis fac

La hermosa frase de Agustín de Hipona “ama et quod vis fac”[1] nos abre las puertas para ingresar al problema en torno al actuar del ser humano y su relación con la libertad que le es propia. Pues bien, “la relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral” (VS 54)

Anteriormente se señaló que el traspaso desde el campo de la autoridad a la de la conciencia individual puede llevar hacia un subjetivismo exagerado. Joseph Ratzinger expresa que “la reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad” (Ratzinger, 2005, p.141), es decir, situar en la conciencia el locus a partir del cual cada individuo genera su verdad lleva invariablemente a negar el valor fundamental de la Verdad del Dios de Jesucristo para la experiencia humana.

El juicio de la conciencia posee un carácter de índole imperativo (VS 60), imponiendo al ser humano a realizar un determinado acto. Pero al mismo tiempo, este juicio, que es de tipo práctico, manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad, de forma que la primera se encuentra marcada por la búsqueda de la segunda; la libertad se transforma, en definitiva, en testimonio de la verdad.

Al respecto, el desafío consiste en conjugar la libertad de la conciencia con la existencia de la Verdad. Podemos hacer lo que queramos, siempre que el amor este como condición, nos dice Agustín de Hipona. Este hacer lo que queramos supone la existencia de la libertad y ésta de la conciencia para decidir qué es bueno y que es malo. Para John Henry Newman (Ratzinger, 2005, 141) la verdad se encuentra por sobre la bondad o, dicho de otra forma, la primacía de la verdad por sobre el consenso, por lo que el hacer lo que se ama (lo que es bueno) supone que el individuo se ha acercado a conocer la verdad.

Pero visto desde otra perspectiva, el hecho de actuar de acuerdo a la conciencia abre las puertas para conocer la verdad, pues la conciencia actúa guiada por la ley natural que procede de Dios. Sería, pues, el actuar el que daría la razón o no de acuerdo a los actos que se vayan sucediendo. Eduardo López señala al respecto (López, 2003, p.188) que la verdad de una acción no se descubre únicamente en su formulación abstracta. Por ende, el carácter de bueno de un acto puede descubrirse a partir de las mismas consecuencias de lo realizado y, por ende, a partir de praxis cristiana de toda la comunidad.

En consecuencia, amar y hacer lo que se quiere implica dejarse guiar la libertad por la Verdad de Dios, verdad que se encuentra dentro de cada ser humano. Y, al mismo tiempo, abrirse a las expresiones particulares que se materializan en cada hombre y mujer de aquella ley. Esta dialéctica entre una praxis creativa y una verdad revelada[2] debería ser la fuente a partir de la cual la Iglesia descubra las vías que permitan alumbrar la conciencia de cada cristiano y, por extensión filial, a los hombres de buena voluntad. He aquí, a mi modo de entender, la fuente de la Teología Moral.


[1] “Ama y haz lo que quieras”.

[2] Utilizo verdad revelada para referirme a la ley inscrita en cada ser humano. La aparente antinomia entre revelación e inscripción, a mi juicio, no es tal. Si bien existe una ley que tenemos inscrita, aquella se nos va revelando o descubriendo.

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