¿El Dios de los cristianos es realmente el Dios cristiano?

Esta pregunta debe, a mi punto de vista, entenderse de dos maneras.   La primera es saber si realmente el Dios que profesan los cristianos, esto es, dogmáticamente, es el Dios que cree por la fe.   La segunda manera  de comprenderlo es saber si el Dios que profesan los cristianos es realmente el Dios que viven los cristianos.   La primera comprensión de la pregunta apunta a aspectos teológicos y a la revelación; la segunda a sus implicancias en la vida práctica de los creyentes.

 En consideración a estas dos dimensiones es que me abriré paso entre preguntas que se me proponen.

 En cuanto de qué manera podemos responder afirmativamente a esta pregunta, y relacionándolo con la primera dimensión de esta, creo que tiene que partir por una revisión de la conceptualización de Dios que tenemos, esto es, a que nos referimos cuando (teológicamente) nos referimos a Dios.   Es la encarnación del Logos en Jesús lo que nos abre las puertas para el conocimiento de Dios como Trinidad y por lo tanto en ella hemos de fijar nuestros ojos para poder (re)comprender el profundo misterio de la realidad (el Ser) de Dios.  Es la revelación de Jesús lo que posibilita el conocimiento de Dios más allá de las fronteras que la fe judaica tiene de Dios.  

Por eso que al hablar de Dios tenemos que referirnos al Dios de Jesucristo, un Dios que nos es presentado como Padre.   La novedad de Dios como Padre presentada por el Hijo permite acercarnos a la verdadera realidad de Dios.     Y es cuando Jesús mismo quien envía al Espíritu de Vida como Consolador que se abre la posibilidad de una nueva comprensión de la ‘naturaleza’ de Dios.

En este sentido, el Dios cristiano en cuanto comprendido a partir de la Autorevelación de Dios mismo en Jesús[1] se sitúa como partida y llegada de toda reflexión teológica.   El Dios Económico es el Dios Inmanente en tanto que Conocido.   El Dios cristiano, luego, se nos presenta como Misterio que se revela en la historia de la salvación, con lo cual el Dios que Jesús nos comunica es el Dios pero no completamente.   En Jesús, Dios se presenta plenamente pero no totalmente, es decir, no es todo Dios el que se comunica, pero sí Dios pleno.   En este sentido, y sólo en este, el ser humano queda en un segundo plano de la Revelación por que no interviene directamente en ella.   Y es así, en cuanto la Revelación es gracia.   Pero por otra parte Dios supone al ser humano y obra en virtud a sus posibilidades.

Es aquí que el Dios que se comunica en Jesucristo, el Dios de Jesucristo, es Dios Pleno pero no Total.   

En un sentido más práctico, sin embargo, pareciera que el Dios cristiano no es Pleno sino Difuso.   La cotidianeidad nos muestra cómo el Dios Jesucristo no es vivido a plenitud.   Si teológicamente el Dios de los Cristianos puede acercarse a ser el Dios Cristiano, es en el desenvolvimiento de los cristianos en la vida misma que pareciera que el Dios Cristiano se oculta.   La sacramentalidad, la oración o hasta la estética sitúan a Dios siempre en la perspectiva de Dios Padre o de Jesucristo, y minimamente en la persona del Espíritu Santo.   Incluso abre la pregunta de si el Dios Cristiano, la Trinidad, tiene algún tipo de importancia en la conformación de nuestra vida misma.

Las prevenciones que debemos tener al afirmar que el Dios de los Cristianos es el Dios Cristiano es no olvidar desde donde surge la noción de este Dios Trinidad. La inculturación es un aspecto que no debe dejar de ser considerado para poder referirse a Dios.  

Si bien Dios se hace presente en forma plena con Jesucristo, su presencia en la creación ha sido importante pero sutil.   La noción de Semillas del Verbo nos abre al reconocimiento de la permanente presencia de Dios en la historia humana. Por lo mismo resulta interesante abrirse a considerar las subjetividades de la historia misma para comprender la verdadera ‘naturaleza’ de Dios.   Si bien Dios es la Verdad, las ambigüedades históricas abren la posibilidad de un desconocimiento de la totalidad de la verdad que nos trae Jesús.  

Para la confesión eclesial tiene profundas implicancias.   Si bien puede existir claridad en cuanto los conceptos y las ideas referentes a Dios, la búsqueda de la verdad acerca de Dios abre las puertas a nuevas verdades sobre el mismo.   No se trata aquí de olvidar repentinamente las verdades que hemos conocido sobre Dios Trinidad y reemplazarlas por otras nuevas, lo cual podría tener como consecuencias que nos permitiríamos señalar que las verdades que descubrimos de Dios no son más que verdades provisorias posibles de ser sustituidas, y sabemos por fe que la Revelación en Jesucristo es la de Dios mismo. 

Otra consecuencia que la fe en el Dios Cristiano y su identidad con el Dios de los Cristianos trae para la confesión eclesial es abrirse a la pluralidad de Dios Uno y Trino.   Si bien Vaticano II da importantes aportes a las diferencias culturales y sus posibilidades de descubrir a Dios, pareciera que aún vivimos encerrados en cierto eclesiocentrismo europeizante que no da suficiente valor a las diversas manifestaciones.  

De esta manera, el creer en un Dios Uno y Trino debe permitir redescubrir las riquezas ad extra y ad intra de la Iglesia que le ayuden a encontrar continuamente a Dios mismo presente en la historia y ‘oculto’ por ella.

Este reconocimiento abre las puertas para una mejor manera de comprender cómo articular el mundo en vía al Reino de Dios, considerando que este está abierto como don a toda la humanidad.   Es Cristo pues quien invita al Reino a la humanidad toda, de manera que el Espíritu como Amor de Dios es para que toda la creación pueda acceder al Don del Reino.    Esta abertura debe pues hacerse en consideración del valor  de la diversidad por cuanto el Dios Cristiano es para todos en tanto Trino.   Pero ojo, esta abertura a la totalidad de la creación como parte y partícipes del Reino que Ya Está pero Todavía Más no puede realizarse plenamente sin la presencia del Dios de los Cristianos.   En este sentido el Dios Cristiano (la Trinidad Inmanente, en tanto, Revelación no entendida acabadamente pero subyacente en la confesión de Fe) no ‘bastaría’ para realizar esto si no es con el concurso del Dios de los Cristianos (la Trinidad Económica, entendiendo, claro está, que los cristianos entiendan la Trinidad Económica en perspectiva de la Revelación ya comprendida y explicitada en la confesión de Fe).   Con lo que he dicho no quiero separar a Dios Trino en dos entidades medianamente relacionadas de las cuales la Económica es la ligazón con la creación.   Quiero decir que el Dios de los Cristianos es la fuente que permite conocer el plan de Dios siempre considerando que es aquello que conocemos de Dios Inmanente. 

Pero no sólo tiene un carácter ‘a futuro’, sino que el mismo conocimiento de Dios permite descubrir cómo es la creación.  

Jesucristo nos reveló que Dios es Trinidad en comunidad, y a partir de lo mismo podemos descubrir en la creación que aquella Comunidad Divina se expresa.   La pluralidad del mundo, la diversidad de concepciones de ser humano, la familia como imagen de la relación divina, etc., asoman como muestras de la pluralidad de Dios mismo.   Pero a la vez la posibilidad de vida en aquella diversidad nos indica la existencia de una unidad en tal situación.

Los desafíos son pues la apertura a la misma pluralidad sin olvidar la importancia de la Revelación en Jesucristo.   Es un desafío que se nos impone a quienes profesamos la fe en el Dios Trino aceptar la diferencia y complementariedad sin olvidar el valor que la revelación en Jesucristo entrega como plenitud de la apertura de Dios a la Humanidad y a la Creación Toda.

Es, por lo tanto, descubrir la presencia de Dios en el mundo sin olvidar la presencia plena de el mismo en el mensaje revelado.