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Hacia una Ética de la Proximidad (1)

En las siguientes semanas me propongo presentar un pequeño trabajo sobre lo que he llamado Ética de la Proximidad.   En él abordo el problema de la Conciencia y de cómo se conecta con la libertad, la Ley Natural, el Desarrollo Moral y, finalmente, con la propuesta anteriormente indicada.   Espero Recibir sus comentarios:

Introducción

¿Cómo debe actuar el ser humano? ¿Qué es su conciencia? ¿Cómo se relaciona esta con la libertad? ¿Se encuentra el ser humano supeditado a alguna norma universal o es su propia fuente de moralidad? ¿Se puede proponer alguna medida para guiar la situación moral del ser humano?

Conciencia y Ley Natural.

Como primera etapa para poder acercarnos al problema en cuestión se requiere establecer qué se quiere expresar al hablar de conciencia. Al respecto, la literatura es abundante y los puntos de vista muy diversos. Según Ratzinger, en el debate actual sobre la moralidad, “la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la discusión” (Ratzinger, 2005, p.135). La importancia de la conciencia y su función en el desarrollo moral es un fenómeno universal, es decir, que se hace presente en todas las culturas a lo largo de la historia de la humanidad (López, p.178). En la actualidad, la discusión al respecto se centra alrededor de los conceptos de libertad y norma, de autonomía y heteronomía, de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la autoridad (Ratzinger, 2005, p.135).

Cuando se habla de la conciencia, en términos generales, se refiere al juicio anterior o posterior que se realiza ante cualquier acción. La función moral de la conciencia se observa, en consecuencia, en este carácter precedente (de decisión) y posterior (de análisis y aprobación o rechazo) ante las acciones cometidas. Para Concha (La conciencia…, p.1, CIC 1780[1]) la conciencia “remite espontáneamente, a la asunción del yo por el sí mismo en un acto de reflexión”, es decir, que a través de la reflexión el yo (la profundidad del ser persona) se va configurando.

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes, reconoce esta característica al indicar que:

“En lo hondo de la conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, a la cual debe obedecer y cuya voz suena oportunamente en los oídos de su corazón, invitándole a amar y obrar el bien y a evitar el mal: haz tal cosa, evita tal otra”. (GS 16)

La conciencia, por lo tanto, no se encuentra fuera del ser humano. Para GS 16 no corresponde a una especie de eco de la sociedad, sino que es en la persona, en su individualidad y unidad de cuerpo y alma (GS 14) que se encuentra dirigida hacia la plenitud, donde se encuentra la ley a la cual debe obedecer. A continuación el documento conciliar señala que la “conciencia es como un núcleo recóndito, como un sagrario dentro del hombre” en la cual se escucha la voz de Dios y que le da a conocer la ley que Dios ha puesto en el ser humano.

La ley (natural) es, pues, como una inscripción puesta por Dios en el corazón del ser humano. La existencia de la ley natural y de la conciencia sobrepasa los límites de la actitud beata o contemplativa[2]. Por el contrario, la religiosidad no es condición sine que non para la existencia de la conciencia, pero sí, claro está, para poder establecer la relacionar de ésta con una (La) voluntad superior.

Al respecto, Pablo en la Carta a los Romanos nos dice que “los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley inscrita en el corazón, atestiguándolo su conciencia” (Rom 2, 14-15). La conciencia (syneidesis) capacita para poder orientar la existencia hacia un destino concreto y para valorar la propia conducta. La ley a la que hace mención, por su parte, no se encuentra escrita y es anterior y superior a todo tipo de derecho, siendo revelada dentro de la propia conciencia.

Este carácter sagrado de la conciencia ha ido determinando la existencia de derechos en torno a ella, por lo que cualquier acto que devenga en una negación de tales prerrogativas se considera como un atentado a la persona y en especial a su autonomía[3].

“todos los hombres han de estar inmunes de coacción (…) de tal manera que (…) ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos.” (DH 2)

La libertad es, entonces, un antecedente de primer orden al momento de referirnos a la conciencia. La superación de la primacía de la autoridad por sobre la libertad del individuo (y su conciencia) supuso un gran cambio a partir del Concilio Vaticano II[4]. Ahora bien, este traspaso desde el campo de la autoridad a la de la conciencia individual puede hacer inclinar la balanza hacia un subjetivismo exagerado que coloque toda definición (y, por consiguiente, acto) moral como infalible.

El subjetivismo nos coloca ante la posibilidad de la no existencia de una (la) verdad única, y, en consecuencia, tampoco podría hablarse de alguna ley natural. A partir de este razonamiento la oposición de primacía de la conciencia individual y Verdad y Ley Natural pone en el tapete cuestiones tan importantes como son tanto la posibilidad así como el sentido mismo de la convivencia social.

Volviendo a la idea anterior, la primacía de la libertad del ser humano al momento de decidir su comportamiento resulta clave en la nueva forma de entender la relación del individuo con su entorno y la ley de Dios: “La libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente” (VS 17), es más, quien es guiado por el amor encuentra en la ley de Dios el fundamento de su actuar, no quedándose en las exigencias mínimas, sino ir más allá[5], hasta su misma plenificación.

El Concilio Vaticano II insiste en que la verdadera libertad ha sido dada por Dios al indicar que ella

“es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (cf. Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” (GS 11)

de tal modo que la ley de Dios y la libertad humana están llamadas a compenetrarse (VS 41) de manera que el ser humano sea libre en y para el Amor de Dios


[1]La conciencia moral comprende la percepción de los principios de la moralidad (‘sindéresis’), su aplicación a las circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los bienes, y en definitiva el juicio formado sobre los actos concretos que se van a realizar o se han realizado.” (CIC 1780)

[2] La conciencia se presenta en el acto (antes, durante y después).

[3] Además de un atentado a Dios mismo. Al respecto, el carácter de pecado que tiene el no respeto a la conciencia no se reduce a una falta de amor hacia el prójimo, sino que es además una ofensa a la libertad que Dios ha dado al ser humano, imagen y semejanza del Creador.

[4] Este cambio también supone una diferencia en la forma de entender el catolicismo. (Ratzinger, 2005, 135)

[5] Al respecto, considero que es la Revelación de Jesucristo la que permite al ser humano ir más allá de los mínimos exigidos. La ética de la radicalidad del amor (Mt 22, 35-40; Jn 15, 13) que propone Jesucristo es fuente que urge y que debería alimentar a todo cristiano. El amor a Cristo no es sólo el amor del Pesebre, sino también el amor de la Cruz y de la Tumba Vacía, es decir no sólo de la adoración, sino también de la Muerte que redime y de la Resurrección que vivifica y da sentido a todo.